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  • Del 11 de abril al 31 de mayo de 2026

En la obra de Jaume Amigó, la relación con el olor a tierra no se manifiesta de manera literal, sino como una cualidad perceptiva vinculada a la materia y a la memoria sensorial. Las superficies pictóricas, austeras y contenidas, evocan sedimentos, estratos y texturas que remiten a una experiencia primaria del paisaje.

Su paleta —dominada por ocres, tierras, rojos apagados y negros— activa una asociación directa con elementos minerales y orgánicos, situando la obra en un espacio de proximidad con lo elemental. Esta condición matérica no solo define el aspecto visual de la pintura, sino que construye una atmósfera en la que el color parece emerger lentamente, como si fuera el resultado de un proceso de erosión.

En este sentido, la pintura de Jaume Amigó comparte con el olor a tierra una capacidad de evocación inmediata, pero silenciosa: una presencia que apela a la memoria profunda, al tiempo acumulado y a una experiencia sensorial. La forma, depurada hasta lo esencial, mantiene una tensión entre aparición y desaparición. Aparece a menudo reducida a signos mínimos, volúmenes orgánicos o presencias suspendidas que pueden remitir a la idea de vacío.

Así, la obra no se cierra en una composición plena, sino que deja zonas de respiración, silencios visuales que activan la contemplación.

Su obra mantiene una proximidad con la tradición del jardín seco japonés, donde piedra y ritmo establecen una experiencia de percepción lenta e interiorizada. En este sentido, la pintura de Amigó comparte con esta tradición una economía formal que no simplifica, sino que concentra intensidad.

El olor a tierra, sugerido más que representado, se convierte así en una memoria latente: una presencia elemental que conecta materia, tiempo y silencio, y sitúa su obra en un territorio donde la pintura deviene experiencia meditativa.